Por: Alexis Sanchez - Estudiante avanzado de Ciencia Política y Relaciones Internacionales
Durante treinta años nos enseñaron que capitalismo, democracia y liberalismo formaban un combo indisoluble: el destino natural y final del progreso humano ilustrado. En 1989, con la caída del Muro, esa lectura pareció confirmarse a partir de la adopción de libre mercado, elecciones libres y competitivas, y la garantías de las libertades individuales, considerando que venían en un mismo paquete. Treinta y cinco años después, el paquete se desarma ante nuestros ojos. Y lo curioso, lo que también debería inquietarnos, es que quienes lo cuestionan no son los perdedores del sistema como tantas veces se profetizó sino algunos de sus mayores ganadores.
La paradoja que quiero explorar es esta: lo que hoy se presenta como defensa de la libertad es un intento de separar el capitalismo de la democracia, y a la democracia del liberalismo.
Lo que podríamos denominar el "orden capitalista democrático liberal" se consolida recién en el siglo XX, sobre todo después de 1945, cuando Estados Unidos y Europa occidental reconstruyen, al mismo tiempo, sus economías bajo una lógica de mercado, con regímenes políticos basados en el voto popular y Estados organizados bajo constituciones liberales. No obstante, cada componente tiene un origen propio y anterior que vale la pena diferenciar.
El capitalismo como sistema de producción económica basado en la propiedad privada y el mercado nace en Inglaterra y Holanda entre los siglos XVII y XVIII. La democracia se remonta a la Atenas clásica, y en su definición mínima, supone un método para acceder al poder mediante elecciones libres y competitivas. En este sentido, el economista Martin Wolf describió esta alianza como la de "opuestos complementarios": el mercado dispersa el poder frente al Estado; la democracia garantiza la igualdad política. Donde a su vez, se legitiman mutuamente.
Por último, el liberalismo, el más joven de los tres, nace con Locke y Montesquieu y aporta lo que ni el capitalismo ni la democracia garantizan por sí solos: los límites al poder. Es decir, este orden político reciente no es una unidad lógica sino la superposición histórica de tres proyectos independientes que durante un tiempo parecieron inseparables. Ya no lo parecen. Y no se rompió de golpe: se va resquebrajando relación por relación, y en parte lo estamos viviendo actualmente.
La primera grieta empezó a notarse en los años noventa dentro de las propias democracias. En 1997, Fareed Zakaria advirtió en "The Rise of Illiberal Democracy" algo entonces contraintuitivo: gobiernos elegidos limpiamente una vez en el poder erosionaban los límites liberales, la justicia independiente, la prensa libre, los controles institucionales y que para ese entonces se suponían parte del mismo paquete. Si bien la democracia formal seguía en pie; el liberalismo que la rodeaba, no. Chávez y Putin ofrecieron los primeros casos de manual en los 2000 y el inicio combativo a la idea de la democracia liberal.
No obstante, el nombre de este fenómeno quedó fijado en 2014 cuando Viktor Orbán proclamó en Rumania su proyecto de "democracia iliberal" dentro de la Unión Europea, seguido poco después por el PiS polaco. En esta línea, los politólogos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt sistematizaron el patrón en Cómo mueren las democracias (2018) donde ya no hay golpes militares que maten la democracia de un día para otro, sino un desgaste legal y gradual ejecutado por líderes con apoyo popular real. En este sentido, el Brexit y la primera presidencia de Trump mostraron que el fenómeno también llegaba al corazón de Occidente.
Esta fractura en curso ataca el vínculo entre capitalismo y democracia, esta vez desde la élite económica de Silicon Valley y el denominado movimiento neorreaccionario. Este último, nace como un discurso marginal en 2007 cuando Curtis Yarvin, bajo el seudónimo Mencius Moldbug, empieza a publicar su blog proponiendo reemplazar los Estados democráticos por "sociedades anónimas soberanas" gestionadas por un "CEO monarca" en un mundo fragmentado que él llama "Patchwork". Por otro lado, otro personaje como Nick Land entra a la discusión aportando el andamiaje filosófico a partir de sostener que el capitalismo tiene una lógica autónoma de aceleración que la democracia solo frena, y que es necesario dejarla atrás. Sin embargo, la persona clave que en el último tiempo varios medios han visibilizado es Peter Thiel, donde ya en 2009 escribió que había dejado de creer que libertad y democracia fueran compatibles, y de ahí en más se dedicó a financiar proyectos que van en esa línea. Recién en 2020 esta corriente deja de ser una curiosidad de blogs para tener incidencia directa en el poder, más que nada en la actual administración estadounidense.
Hay todavía una tercera grieta, distinta de las otras dos que conviene mirar con más cautela porque no describe algo consumado sino un camino posible que todavía está en discusión pero que no deja de ser verosímil. Este camino no enfrentaría al capitalismo con la democracia ni con el liberalismo sino con su propia definición. El economista Cédric Durand planteó a fines de 2010 que las grandes plataformas digitales podrían estar funcionando más como una infraestructura que se alquila que como empresas que compiten en un mercado abierto. En este sentido, Yanis Varoufakis retomó esa intuición en Tecnofeudalismo (2023) y propuso pensar que la ganancia empresarial clásica podría estar cediendo terreno frente a la simple extracción de renta con plataformas que actuarían como "señores de la nube" sobre "siervos digitales". Esta hipótesis no es un diagnóstico cerrado ya que hay economistas que dudan de que la metáfora feudal sirva para describir algo tan distinto como el capitalismo digital. Pero si tuviera algo de razón, señalaría que el poder de estas plataformas ya no se limitaría a competir en un mercado sino que empezaría a fijar las condiciones sobre las que otros compiten.
Conviene no tratarlas con el mismo grado de certeza. La primera ya es historia verificable, con casos consumados y décadas de datos dentro del campo de la conversación pública como en el académico. La segunda ocurre ante nosotros pero a mitad de camino: no sabemos todavía si el neorreaccionarismo va a quedar como una curiosidad de época o si va a consolidarse en proyectos políticos concretos. La tercera ni siquiera es, por ahora, un hecho; más bien es una intuición teórica que intenta nombrar algo que muchos sienten pero que todavía no puede probarse con el mismo rigor que la erosión de la democracia liberal.
Quedan más preguntas que respuestas. Sin embargo, está claro que actualmente no estamos viendo solo la erosión de los regímenes democráticos liberales sino de todo un orden internacional, que algunos llaman el orden internacional liberal, donde el consenso occidental de posguerra se resquebraja punto por punto y donde hay un claro proceso de desacople entre estos tres pilares que en un momento creíamos una trieja inseparable pero que actualmente su matrimonio está en crisis: capitalismo, democracia y liberalismo.