Por: Info360.net
Simón tiene siete años y está aprendiendo a escribir en cursiva. Cuando su maestra le pidió que contara qué había hecho en las vacaciones, él dejó una sola frase en el cuaderno: "No quiero vivir más." Lo que siguió fue una consulta de urgencia, un diagnóstico que nadie en su familia esperaba y un proceso de recuperación que comenzó gracias a que un adulto supo ver la señal a tiempo. Su historia no es un caso aislado: es el reflejo de una crisis silenciosa que afecta a casi dos de cada diez chicos en Argentina.
Según un informe del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia de la Universidad Católica Argentina, el 18,1% de niñas, niños y adolescentes de entre 5 y 17 años presentó en 2025 síntomas frecuentes de tristeza o ansiedad, según la percepción de sus adultos de referencia. El malestar alcanza al 16,1% de los chicos en edad primaria y trepa al 21,2% entre los adolescentes. Las adolescentes mujeres son el grupo más afectado, con un 24,7% de incidencia.
Una de las dimensiones más preocupantes del fenómeno es la brecha social que revela. En los sectores más vulnerables, el malestar emocional duplica al registrado en los niveles medios y altos: 20,7% frente a 10,6%. Ianina Tuñón, coordinadora del Barómetro de la UCA, advierte que esto representa una de las caras más invisibilizadas de la pobreza infantil. Los chicos de entornos vulnerables tienen menos acceso a actividades recreativas, vínculos sociales fuera de la escuela y espacios de contención, factores que agravan el aislamiento y potencian el sufrimiento emocional.
El problema también cuestiona una idea extendida: que la salud mental es una preocupación exclusiva de la adolescencia. La psiquiatra infantojuvenil Silvia Ongini, del Hospital de Clínicas, señala que hoy se atienden consultas de chicos de 5 y 6 años que ya no juegan con normalidad, se muestran replegados o lloran sin motivo aparente. La depresión y la ansiedad en la infancia no siempre se manifiestan como tristeza visible: pueden expresarse a través de irritabilidad, cambios en el sueño o el apetito, rechazo a ir a la escuela o pérdida de interés por jugar, señales que con frecuencia son interpretadas como timidez o problemas de conducta.
Los especialistas coinciden en que la intervención temprana es determinante. Cualquier expresión vinculada con la muerte o el deseo de no existir debe ser atendida de forma inmediata, sin minimizarla ni atribuirla a la edad. Las estrategias más efectivas combinan acompañamiento familiar, intervención escolar y espacios terapéuticos. El caso de Simón lo demuestra: con una red de contención que articuló hospital, escuela y familia, el niño volvió a jugar en los recreos, a comer con ganas y a dormir tranquilo. Lo fundamental, subrayan los profesionales, es que ningún chico atraviese el malestar en soledad.