Golpe de Estado en Bolivia: Evo Morales fue derrocado por la fuerza

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En el día de ayer, el presidente en funciones y reelecto de Bolivia presentó la renuncia a su cargo tras ser presionado por las Fuerzas Armadas. Amplios sectores cívicos, sindicales e institucionales fueron parte de un suceso que hasta hace poco sólo parecía posible en los libros de historia.

La escalada de conflictos que tuvo lugar en Bolivia tras las polémicas elecciones del 20 de octubre desembocó ayer en el derrocamiento del presidente Evo Morales Aymara.

En un video difundido en los medios de comunicación del país vecino, Morales, que se encontraba acompañado por Álvaro García Linera (Vicepresidente) y Gabriela Montaño (Ministra de Salud) manifestó: “Quiero informarles que he decidido, escuchando a mis compañeros de la CONALCAM, de la Central Obrera Boliviana (COB) y a la Iglesia Católica, renunciar a mi cargo a la presidencia.” 

Impulsado desde una conglomeración de sectores sociales y políticos, y contando más tarde con el apoyo de regimientos policiales y las Fuerzas Armadas, el movimiento desestabilizador se mostró a cara descubierta develando las únicas intenciones posibles de su accionar.

Esta nota parte desde una base que su autor no está dispuesto a discutir: en el momento en que las Instituciones encargadas de la Seguridad se acuartelan y “sugieren” la renuncia, lo que se encuentra en marcha es un Golpe de Estado. Para quienes bregamos por respetar la voluntad de los pueblos no hizo falta esperar a ver cómo destrozaban el domicilio del ahora ex mandatario boliviano o incendiaban el de su hermana, el golpe era evidente hacía largo rato.

El comunicado emitido por el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, general Williams Kaliman.
Fuente: Unitel Bolivia.

Cierto es que la vida política boliviana estuvo cargada de irregularidades y suspicacias en el pasado reciente. Para nada ayudó el desconocimiento de Evo Morales del referéndum celebrado en febrero de 2016, donde la mayoría le había dicho ‘No’ a reeditar su candidatura; pero un derrocamiento producto de una conspiración evidente de sectores políticos opositores capitalizando el malestar social no es algo que se pueda avalar.

El hecho histórico le queda muy grande a medios de comunicación que hablan de “transición” cuando lo que hay, a la vista de todos, es la interrupción de la vida democrática por medio de la violencia.

Evo Morales había accedido a realizar nuevos comicios bajo la tutela de una misión de la Organización de Estados Americanos (OEA). A las claras quedó que la derecha boliviana no tenía tanto interés en lograr elecciones transparentes como en llevarse puesto al presidente, ya que las presiones se extendieron hasta que renunció.

“Estamos renunciando para que mis hermanas de pollera, como en Santa Cruz y Cochabamba, no sean pateadas. Ahora pueden estar satisfechos Mesa y Camacho. Renuncio por ellas, por ellos… No quiero que haya enfrentamientos” exclamó el ex mandatario.

Manifestantes opositores incendian una bandera con la insignia Whiphala luego de la renuncia del presidente.

Acaso más responsable que Piñera en el vecino país de Chile, Morales priorizó evitar el derramamiento de sangre de sus compatriotas dilatando más el oscuro desenlace de ésta crisis institucional que se vivía en su país.

En las primeras horas tras la dimisión del líder del MAS, las celebraciones permitieron ver un escenario de racismo explícito donde se quemaron banderas Wiphala en plena calle, y hasta se pudo ver a policías recortando la misma de la insignia de su uniforme.

La historia de violencia y racismo en Bolivia es de las más extremas de los países sudamericanos. En un país donde hasta no hace muchos años, las mujeres descendientes de pueblos originarios no podían transitar determinadas zonas de algunas ciudades sin ser agredidas y hasta linchadas, el elemento racista no podía ausentarse del derrocamiento del primer presidente originario del país.

Luego de casi 14 años al mando de la administración del Estado Plurinacional de Bolivia, Morales se retiró forzadamente de su cargo y a través de su cuenta de Twitter, se refirió a sus opositores Mesa y Camacho como “discriminadores y conspiradores” que “pasarán a la historia como racistas y golpistas”. 

Una inscripción en las calles de Bolivia que ilustra la pertenencia ideológica de algunos de los sectores que perpetraron el Golpe.

Además, les exigió “Que asuman su responsabilidad de pacificar al país y garanticen la estabilidad política y convivencia pacífica de nuestro pueblo”, reafirmando la voluntad de evitar la conflictividad como motor de su decisión.

El desafío de la derecha boliviana será dar una salida democrática a éste conflicto, que ya se robó las miradas de latinoamérica, y genera tensiones y disidencias en las geografías políticas internas de cada nación.

Por Ezequiel Ian Pérez.

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